Los padres y madres que se preocupan por salud de los pies de sus hijos acuden a nuestra clínica podológica en Madrid porque entienden que patologías que se sufren en la edad adulta se pueden controlar y corregir antes durante la infancia.

 Cuando son niños, hay que atender a temas tan importantes como la evolución de la pisada y las señales que nos indican que se debe visitar a un especialista. Hay que recordar que tanto el pie como la pierna de los más pequeños sufrirán una evolución natural en los primeros años de vida.

Cuando comienzan a caminar, y hasta los 2 años más o menos, lo habitual es que las piernas estén arqueadas hacia afuera dada la insuficiencia de determinados grupos musculares. A esta posición también contribuye el uso del pañal porque fomenta una mayor rotación externa de cadera.

Entre los 2 y los 5 años, el niño evoluciona hacia la posición contraria, es decir, las rodillas tienden a juntarse. Además, los pies tienen cierta tendencia al aplanamiento, lo que se denomina un “genu valgo”. Para corregirlo, en Clínica Podosalud aconsejamos a nuestros pacientes infantiles caminar descalzos, mantenerse de puntillas o a la pata coja. Ejercicios sencillos que ayudarán a la musculatura del pie y de la pierna favoreciendo su correcta evolución.

Después, sobre los 5 años, las piernas adoptan una posición más recta, pero casi siempre manteniendo una cierta tendencia a que las rodillas se junten. Hay que tener presente que, en estas primeras etapas de la vida de los niños, es muy importante potenciar la musculatura y el correcto desarrollo del pie y la pierna. Es recomendable que los pequeños caminen descalzos sobre distintas superficies. Además de ejercitar los músculos de los pies, esta práctica favorece su desarrollo cognitivo.

Visitas regulares

Es clave hacer un seguimiento de la evolución de la pisada de los niños porque detectar patologías a tiempo puede ser clave a la hora de tratarlas y corregirlas.

Como pasa con los adultos, lo recomendable es llevar a los niños al podólogo al menos una vez al año porque, durante la infancia, hay margen para tratar y prevenir patologías que pueden agravarse en la edad adulta. Lo ideal es hacerlo por primera vez a los 4 o 5 años a no ser que antes aparezcan problemas o patologías que haya que tratar.